Cuando tememos algo intensamente, cuando algo no nos gusta o nos
causa dolor y sufrimiento, nuestra reacción mental más habitual es la de
resistirnos. No lo aceptamos, lo apartamos, lo evitamos, nos alejamos de ello,
lo negamos.
Cuando algo nos asusta hasta el punto de no soportar su presencia,
la mente se niega a verlo, a reconocerlo y, entonces, hace un punto
ciego. Es decir: lo reprime y lo aparta de la conciencia. Como si no
estuviera ocurriendo o nunca hubiera ocurrido. Y con esta resistencia, lo
intentamos apartar de nosotros, pues lo estamos juzgando como malo. Y con
nuestro juicio dividimos el mundo: Bueno/Malo… Amigo/Enemigo… Amor/Odio...
Pero el mundo de verdad no está dividido. La Realidad es
Una.
Como decían los antiguos filósofos chinos, la Realidad es como un
círculo, una Rueda girando sobre Sí misma, donde el Ying y el Yang representan
los dos puntos equidistantes de la circunferencia. En todo momento, el Yin se
desplaza hacia el Yang, mientras que el Yang lo hace hacia el Yin.
Al resistirnos a algo, al apartarlo de nosotros evitándolo
desesperadamente, lo que hacemos es desplazarnos hacia el otro lado, huir hacia
el polo opuesto, ofreciendo el máximo de resistencia.
Y cuanto más nos resistamos, con más atracción se irá desplazando
nuestra mente hacia el otro polo.
Lo que estamos rechazando como negativo nos va atrayendo hacia él,
como un poderoso imán. El “No” es la gran provocación. La invitación más
irresistible.








