A veces,
llegamos a la conclusión de que lo más importante es estar en paz con uno
mismo. Alcanzar la serenidad no es fácil. En realidad es un auténtico reto para
la mayoría de las personas y como dificultad añadida está el ritmo frenético
que nos ponemos en la vida.
Cuando
estamos inmersos en la vorágine del día a día, cuando esperamos que pase el
tiempo deprisa para tener tiempo libre, cuando sufrimos una y otra vez las
incongruencias de vivir sentados en un coche con el que vamos al gimnasio, para
quemar las calorías de lo que no hemos andado o echamos sacarina al café
después de comer la tarta, todo se ha descentralizado. Habría que retomar la
calma.
Nos devora
la prisa. Nos angustia el mañana por el que no vivimos el hoy y nos aterra el
paso del tiempo por nuestro cuerpo y no por nuestra mente, cuando en realidad
la juventud del pensamiento es el antídoto de la edad.
Vivimos
contra reloj y eso se nota hasta en la forma de movernos, en la de hablar y
hasta en la de escuchar.
Nadie
escucha a lo sumo oye y encima dentro de lo que oye no oye lo que le dicen sino
lo que quiere oír (porque es más cómodo). Lo primero que deseamos hacer es
soltar lo nuestro.








