LA
CAPACIDAD DE ASOMBRO
Asombrarse es la
capacidad de mirar siempre con los ojos renovados. Es un acto en
peligro de extinción en el momento en que nos basamos y regimos
siempre desde la lógica de las cosas.
El mero acto de
asombrarse va ligado a una actitud de cierta ingenuidad e inocencia;
virtudes asociadas a la ausencia de conocimientos. Disponer de una
capacidad de asombro no significa buscar el renovarlo constantemente,
quizás el mismo hecho de observar el transcurso de los
acontecimientos dispara el apreciar hasta el más mínimo detalle.
Significa, pues, encontrar un significado en lo puntual, una carga de
contenido en lo sencillo, y un asombro interior incluso en lo que
damos por sentado.
Reservamos el asombro
para cuando ocurra lo extraordinario, desperdiciando así un proceso
de florecimiento en lo ordinario. Dependiendo de la mirada, dependerá
nuestra receptividad. El asombro de un niño es una buena prueba de
ello. Para él todo es nuevo, grandioso, majestuoso, y su curiosidad
se expande en todo aquello que le asombra.
Esa capacidad la
perdemos, se desinfla o la corrompen. Se deja paso al tedio, el
aburrimiento y la familiarización con las cosas que nos rodean,
perdiendo un renacer a lo que se va presentando. No logramos
identificar el milagro frente a nuestras narices, porque lo
analizamos, lo diseccionamos, y extraemos una conclusión reducida a
la razón.






