FELICIDAD AL REVÉS
¿Cómo enfocarte en
tus fracasos puede mejorar tu vida?
La felicidad es uno de esos conceptos que todos creemos entender, hasta que tenemos que definirla. De hecho, aunque ni siquiera tengas una definición exacta, es probable que la asocies con sentirte bien y tener experiencias placenteras. Esa visión de la felicidad no deja cabida para las emociones desagradables, que consideramos justo su antítesis.
Y, sin embargo, algo tan detestado y a menudo evitado, como los errores y fracasos, puede convertirse en un inusitado motor de la felicidad, ayudándonos a construir una vida más equilibrada y consciente.
¿Por qué huimos del fracaso y por qué es tan importante
que no lo hagamos?
Desde niños aprendemos a evitar el error. Y no es para menos
puesto que todos recordamos el peso psicológico de aquellas correcciones hechas
con tinta roja en nuestros cuadernos o en los exámenes. A medida que crecemos,
la presión aumenta ya que los medios de comunicación exaltan las historias de
éxito y las redes sociales nos muestran vidas perfectas en las que los errores
parecen no tener cabida.
En ese ambiente, es comprensible que el fracaso se convierta
en sinónimo de vergüenza, por lo que asumimos que es algo que debemos esconder,
corregir rápidamente o superar lo antes posible. Así acabamos interpretando el
fracaso como una humillación existencial y convertimos cada error en una
sentencia sobre nuestro valor. A la larga, eso nos convierte en personas más
rígidas, obsesionadas con evitar el próximo tropiezo.
Sin embargo, el fracaso es importantísimo desde el punto de
vista evolutivo. Aprendemos más de equivocarnos que de acertar porque los
errores dejan huellas muy profundas, de manera que podamos hacerlo mejor la
próxima vez o, al menos, no meter tanto la pata.
De hecho, los neurocientíficos han comprobado que
el cerebro responde de manera diferente ante los fallos. Todo parece indicar
que cuando nos equivocamos se activa una “señal de error” que estimula a las
neuronas para que se reajusten y formen otras conexiones. Eso se llama
neuroplasticidad y es un pilar imprescindible del aprendizaje.
Cuando aprendemos a caminar, por ejemplo, caemos
continuamente. Esas caídas forman parte del proceso de aprendizaje, no podemos
evitarlas, sino que aprendemos a levantarnos una y otra vez para volver a
intentarlo. Así, poco a poco, vamos dando cada paso con mayor seguridad. Esa
repetición del ciclo “error, ajuste e intento” es, en esencia, una forma de
aprendizaje experiencial. Y es precisamente la posibilidad de vivir esas experiencias
lo que puede convertirse en una profunda fuente de satisfacción personal y
felicidad.
La felicidad al revés
Curiosamente, la palabra felicidad proviene del
latín felicĭtas, derivada de félix, que a su vez
se remonta al griego phyo, que significaba producir, en el sentido
de ser fructífero y fecundo. Con el paso del tiempo, ese significado se fue
perdiendo, mientras el concepto de felicidad se inclinaba cada vez más hacia un
estado vinculado al placer, la satisfacción de las necesidades y la ausencia de
dolor.
Sin embargo, la felicidad no existe en el vacío sino que
surge de la experiencia, como fruto de nuestras acciones. Y eso encierra una
doble posibilidad: lo que puede hacernos felices también conducirnos al
equívoco. A fin de cuentas, “el único hombre que no se equivoca es el
que nunca hace nada”, como dijera Goethe.
Sin embargo, los errores y fracasos no son la cara opuesta
de la felicidad, sino que son más bien los ladrillos con los que está asfaltado
el camino que nos conduce a esta. Cada tropiezo nos obliga a mirar la realidad
con más claridad, creando un espacio para aprender, ajustar las
expectativas, valorar lo que funciona y sentirnos agradecidos por lo que hemos
logrado.
La felicidad no surge de la perfección ni de la ausencia de
tropiezos, sino de la capacidad de integrarlos en nuestra historia. De este
modo, los fracasos se convierten en herramientas de autoconocimiento que cimentan una base sólida
sobre la que podemos edificar una felicidad más resistente a las ilusiones
vanas y las decepciones pasajeras.
De hecho, Kierkegaard estaba convencido de que los fracasos
(y la angustia que a menudo generan) eran herramientas cruciales para despertar
de una existencia superficial y tomar decisiones más conscientes que nos
permitan llevar una vida más alineada con nuestro verdadero «yo», en vez de
convertirnos en una triste versión de lo que los demás esperan de nosotros.
Y es que la felicidad madura no se parece a la euforia, sino
más bien a la serenidad. No es un estado de entusiasmo constante que se alcanza
al lograr una meta, sino una confianza silenciosa de que, incluso cuando las
cosas salgan mal, uno sabrá salir adelante. La felicidad no proviene de la
ausencia de problemas, sino de la certeza de que seremos capaces de
solucionarlos sin perdernos. Y esa serenidad no se desarrolla en la bonanza,
sino en los fracasos, justo cuando todo parece tambalearse.
https://maestroviejo.blog/felicidad-al-reves-como-enfocarte-en-tus-fracasos-puede-mejorar-tu-vida/

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