LA VIDA DUELE: TOMAR Y SOLTAR
Al elegir un camino de amor nos hacemos
candidatos al dolor. Cuando esto sucede, debemos abrirnos y aceptar la
posibilidad de que en algún momento, algún día, quizá el amor nos duela; con el
amor enriquecemos nuestra vida, la ampliamos, ganamos, pero en algún momento se
retraerá de nuevo y perderemos. Todo tiene un límite, y algún día perderemos a
la pareja y vendrá el dolor: con la muerte, con el divorcio, con el
desencuentro… Sin apertura al dolor, no hay pareja, ni intimidad, ni vínculos
significativos.
Cuando se produce una ruptura amorosa, lo
más habitual es que se pongan en marcha muchas emociones y vivencias, algunas
agradables, como liberación, sensación de esperanza o apertura, pero otras
incómodas, como miedo, desestructuración, culpa, enojo, vergüenza, sensación de
fracaso o pena. La mayor parte las consideramos negativas porque son difíciles
de vivir y acoger, pero resultan imprescindibles para completar el proceso y
salir fortalecidos.
En el fondo, la más habitual y dura es el
simple dolor por haber perdido al otro. Incluso en los casos en que se siente
una gran liberación por salir de una situación insatisfactoria, si hubo una
genuina conexión, tarde o temprano asoma el rostro del dolor por dejar lo
conocido, lo que se amó, y la incertidumbre y el temor por enfrentarse a algo
nuevo, más aún si la pareja tiene hijos y se derrumba su status quo cotidiano.








