Hay
miradas que dejas que te calen y te quiten poder… No porque lo
tengan sino porque
se lo das y permites que te cuenten historias sobre ti que no son de
verdad, que no son tu verdad… Historias
que nada tienen que ver con tu esencia y tu capacidad enorme para
compartir lo que eres con el mundo. Historias de miedo y fracaso.
Historias de incapacidad y de falta de valor…
Te hablo de esas miradas que te dicen “no puedes” o ¿cómo te va a pasar eso a ti? o “no te lo mereces”. ¿Sabes a qué miradas me refiero verdad? Las has notado muchas veces en la nuca mientras subes una escalera ante alguien e inmediatamente te falla el pie al subir el escalón. Las has notado directamente, clavándose en tus ojos, cuando recibes un reconocimiento y en los ojos de alguien se dibuja un gesto de dolor, de desaprobación, de «no entiendo como eso lo recibes tú y no yo».
Puede
que esa mirada de «nunca llegarás» y «me decepcionas siempre» se
la hayas visto a tu madre o tu padre desde que eras un niño o en tus
compañeros… Es una mirada se te queda incrustada dentro, muy
dentro, y que parece no se borra con nada.








