Generalmente
cuando empezamos el día y sobre todo cuando salimos a la calle,
todos nos ponemos una o varias corazas alguna vez o muchas y las
vamos cargando a lo largo de nuestra vida. Tras ellas siempre hay un
personaje muy conocido, que es el causante de que nos pongamos
dichas corazas y dicho personaje no es otro que el miedo.
Generalmente
nos escondemos por temor a que nos hagan daño, del tipo que sea:
¿Imaginario? ¿Real? ¿Procedente de amarguras de la infancia?
¿Existente por las amenazas presentes? ¿O resultante del tan
consabido “miedo” al miedo?
La
inseguridad nos hace ceder. La inestabilidad llega cuando no nos
creemos “CAPACES DE”, o en nuestro pensamiento aparecen
las creencias limitantes más oscuras: “NUNCA LO CONSEGUIRÉ”,
“NO PUEDO RESISTIRLO”, “SIEMPRE SUPE QUE YO NO SABRÍA”…
Estar seguro
de uno mismo no es tarea fácil y no lo es porque hay muchos
factores, sobre todo educacionales, que nos han ayudado a sentirlo
así. Somos, en gran parte, la suma de lo que nos dijeron que
éramos. Nos hemos mirado en espejos equivocados y hemos usado, como
pensamientos mentales, ideas que no eran nuestras.








