Hay
personas que duelen.
Las
sentimos muy cerca, muy dentro, muy intensamente y sin parar, aunque
no las veamos, aunque no estén cerca, pero están, siempre están.
Hay
historias, grandes o pequeñas, que siguen latiendo en tu memoria y
que un día, ante un café o una puerta que se cierra, se despiertan
y bailan en tu cabeza y arañan tu pecho otra vez. Han pasado años,
tal vez, pero tus oídos siguen escuchando sus palabras y percibiendo
sus silencios y tus ojos siguen deseando ver que se acercan y te
miran y te ven y dejan de ignorar tus lágrimas. El tiempo pasa pero
tú sigues necesitando que te vea, que se de cuenta de tu dolor.
Hay
momentos que siguen arañando tu alma, a pesar de haber dado mil
vueltas y haber cruzado mil mares, a pesar de haber andado mil
caminos y haber perdonado mil ofensas… Hay imágenes que se quedan
retenidas en ti y aúllan, te salpican todavía cuando estás
tranquila, cuando tienes una tarde en calma, cuando lees un libro,
cuando te acuestas en la cama…








