SÚBETE
A LA VIDA
Me
encuentro pensando sin parar, metida en un bucle, con esa noria en mi
cabeza que no cesa nunca, con esa sensación de tener que llegar a
alguna conclusión que se me escapa… Y ya lo sé, no la voy a
encontrar. No husmeando entre mis ideas viejas y mis pensamientos
roídos… Nunca con la actitud de siempre y misma forma de ver la
vida trillada y triste. Nunca
desde la necesidad de encontrar algo porque no confío en mí lo
suficiente como para saber que seré capaz…
Nunca desde la sensación de estar en una jaula oscura sin darme
cuenta que la luz y la libertad dependen de mí.
Dependemos
tanto de lo que nos dan otros que la vida nos lo aparta para que nos
veamos obligados a encontrarlo por nosotros mismos… Miramos tanto
fuera que nos deja solos para que tengamos que mirar dentro de
nosotros, para que tengamos que hablarnos y contarnos qué
sentimos… Necesitamos
tanto que la vida no nos lo puede dar todo, porque si no, el niño
insatisfecho que llevamos dentro que en realidad lo que necesita es
amor y no sucedáneos, se vuelve un tirano.
Eso
somos… Niños perdidos que no se aman a los que les damos café
para seguir arrastrándose durante el día y aguantar un ritmo
frenético y pastillas para dejar de soñar cada noche. Les regalamos
subidones de cinco minutos, felicidad basura de fin de semana,
conversación de ascensor y algunas frases hechas de esas que llenan
las portadas de las libretas de diseño y que te invitan a fingir y
sonreír siempre… Y luego pretendemos que crezca sano y feliz, que
se ame y se libere de viejos dogmas y ataduras y nos ayude a triunfar
y conseguir lo que deseamos…
Y
el niño nos sale respondón, sólo faltaría. Pide amor de verdad,
del de pasar rato con él y venirse arriba, del de mostrarle lo
hermoso, lo que perdura, lo que vale la pena… Pide palabras sabias
y emociones reales, está harto de vivir a través de las series de
televisión y del relax de los cigarrillos a media tarde, al salir de
la oficina.
No soporta que te hables como te hablas y te escondas como te
escondes…
No comprende de qué te avergüenzas porque hace todo lo que puede
para gustarte… Quiere que te lances a vivir y este día sea único,
irrepetible.
Está
cansado de oírte decir que estás cansado…
Lo estás porque no sueñas, porque te has bebido la rutina y te
tragas envidia por los que no se resignan a hacerlo y buscan formas
de vivir y no de ir pasando los días sin sentido… Te ríes de
ellos, como si fueras el matón de la clase que busca víctima para
apaciguar su dolor, su necesidad de atención… Porque el que se
ensaña con otros es en realidad el niño más perdido… El que mira
a otros es el que no se atreve a mirarse a sí mismo.
Ya
no juegas con tu niño ni le dices cosas hermosas.
Esta mañana cuando te has equivocado le has llamado inútil tres
veces y luego le has castigado con dos horas más de trabajo
insoportable, en lugar de darte cuenta que hoy te pedía salir a tu
hora y pasear por el parque… Y mañana, llegar con ganas y en media
hora hacerlo todo todavía mejor…
¿No
le ves? Te mira y te grita… Te
dice que no le escuchas…
Tiene un montón de heridas por curar que no cicatrizan. No son las
rozaduras de las rodillas de cuando se lanzaba por el tobogán e iba
a parar a la arena… Son las de no lanzarse nunca ni atreverse a
nada, ni decirle a quien ama “te amo”, ni cambiar de trabajo
porque este se te queda pequeño, de no ser capaz de decir que no y
tragar amargura… La que más le duele es esa que tiene en el pecho
porque no has podido perdonar a tu mejor amigo y le echa de menos…
Y hasta que no le perdones a él, no perdonarás al niño que no supo
llevar la situación, que lleva la ofensa grabada a fuego y vive con
ella como si fuera real…
Deja
de darle una pelota al niño para que se entretenga solo. Deja de
comprarle perfumes, coches caros, ropa que nunca vas a ponerte,
libros que no lees… O hazlo pero compártelo con él, mientras le
cuentas cómo te sientes y le preguntas qué sueña…
Sólo
quiere que le tengas en cuenta, que le ames, que le respetes… Lo
demás no sirve de nada si se siente vacío.
Necesitas
tanto de la vida porque tu niño está triste, porque hace tiempo que
no le dices que le quieres y se siente solo.
Por eso se enfada con todos y no tiene ganas de nada.
Deja
lo que estás haciendo ahora. Busca un lugar tranquilo, hermoso.
Respira hondo tres veces, con calma, como si no hubiera tiempo ni tú
tuvieras cuerpo. Busca tu cara, la cara del niño o la niña que
fuiste. Mírala con tanto cariño que te salten las lágrimas de
felicidad por haberle reencontrado… Dile que es maravilloso, que le
amas… Pídele perdón por dejarle solo y sin risas. Abraza su
cuerpo pequeño y piérdete en sus ojos grandes… Dile que no le vas
a volver a soltar de la mano, que cuenta contigo, que disculpe tu
ausencia… Estabas tan perdido buscando fuera que no viste que ya lo
tenías todo dentro… Dile que vas a encontrar tiempo para él y
para todo lo que ama y sueña. Escucha su corazón. Escucha sus
miedos y dile que todo está bien, que todo saldrá bien, que vais a
vivir juntos la mayor de las aventuras…
Y
vuelve a ti y deja de pensar y hurgar en la basura de tu vida.
Levanta la vista y siente. Busca pensamientos nuevos que te hablen de
esperanza y no de tragedias… Nota la vida y siente cada minuto, en
tiempo real, ni en el pasado ni en el futuro… No
vivas ni un segundo antes de este… Ni un segundo después de ahora.
Sé tu máximo esplendor en este momento. No lo sabes, pero
todo es maravilloso… Donde tú ves desolación, tu niño interior
ve abrazos por dar y recibir… Donde tú ves un desierto, él ve un
lugar donde jugar.
Donde tú ves nada, él contempla un campo de
posibilidades infinitas… Baja de ese tiovivo que tienes en la
cabeza y súbete a uno de verdad a ver qué pasa… Súbete a la
vida.
No
pares hasta que el niño sonría… No pares hasta sentirte vivo.
Mercè Roura
No hay comentarios:
Publicar un comentario