LA TAREA PENDIENTE DE MARÍA
Olía a verano aunque faltaban unos días. Sentía dentro
esa emoción de cambio, de hacer cosas nuevas, de fulminar esa rutina tan
avasalladora que siempre la tenía apelmazada, constreñida, agotada. Se acabó el
café de un sorbo apurando como siempre mientras tocaba con el dedo índice el
azúcar glass que había quedado en el plato donde le habían servido esos
cruasanes diminutos que siempre pedía. Concretamente tres, siempre, ni uno más
ni uno menos. Aunque tuviera más apetito o menos, era un ritual. La vida de
María estaba repleta de rituales que se repetían. Fijó sus ojos en Clara y topó
con los suyos, siempre juguetones, reía tanto que apenas podía ver en su cara
dos rayas verdes y brillantes.
“Vamos a casa, princesa, se hace tarde y tengo que hacer
un par de cosas antes de llegar todavía”. Tomó entre sus manos su preciado
abrigo verde, le encantaba ese abrigo, por eso lo cuidaba y lo llevaba siempre
a la tintorería cuando acababa la temporada de invierno.







