20.12.16

A veces, todo cambia en un segundo tras siglos sin que nada se mueva

CUANDO LA VIDA DA VUELTAS


Cuando eres niño el tiempo y el espacio son como un chicle. Parece que puedes moldearlos al gusto, que son elásticos y casi intercambiables. Es como si tuvieras un mapa distinto de lo que es la vida. En ese mapa, América y Europa están a un paso, puedes ir de continente a continente si te pones las botas de agua saltando un charco. Y además lo puedes hacer un sábado por la tarde, cuando no hay colegio y regresar antes cenar y preparar la mochila para la excursión del domingo.

A veces, vas dejando las cosas y las personas pendientes hasta que un día se borran y ya no están en tu agenda. Y un siglo más tarde, te das cuenta de que la pereza  te ha arrebatado un pedazo de vida.

Supongo que la vida es como un mapa. Hay momentos en los que un pliegue inesperado te permite dar un salto enorme y cambiar de escenario de forma súbita. Y un centímetro se transforma en mil kilómetros. Te encuentras al otro lado de tu vida e intentas recordar qué haces allí y cómo has conseguido catapultarte sin apenas darte cuenta. No sólo pasa con el espacio, pasa con el tiempo. A veces, en diez años no te pasa nada. Se definen como una sucesión de días y días atados unos a otros por luces y sombras, bostezos, abrazos, telediarios y cafés a media mañana que en realidad no se hacen con ganas de café sino de risa, de cambio, de emoción…


Hasta que una tarde sucede algo. No es impactante. No es ni siquiera importante pero es algo distinto. Cuando llevas años dormido esa palabra te aterra y a la vez te da hambre.

Lo distinto es enemigo de lo aburrido, de lo decadente… Amigo de lo mágico, lo extraordinario… Hermano de lo apasionante.

Huele a nuevo, desprende luz…

Y esa tarde, esa cosa nueva que llega a tu vida, es como una bola de nieve que empieza a zarandear las paredes de tu alma y todo lo que habita en ti se queda pegado a ella. Es como un huracán que se lleva el tejado de tus pensamientos y el aire enrarecido de tus habitaciones más cerradas. En ese momento, no lo imaginas, pero esa bola de nieve imaginaria va a jugar a los bolos con las columnas de tu vida y va a poner a prueba tus cimientos.

Y en ese momento, empieza todo a dar vueltas. Y tú te agarras fuerte a lo que queda. No sabes cómo, pero cierras los ojos y suplicas para que aquello a lo que te agarras sea tan sólido como imaginas. Todo pasa rápido, una cosa tras otra, en cadena, sin parar, el suelo se abre, el cielo se cae, la mañana es noche, la noche se doblega sobre sí misma… Lo pequeño se magnifica. Lo enorme se empequeñece hasta pasar desapercibido…

A veces lo ves, otras veces no. Al final, te das cuenta de que sólo lo que está bien arraigado permanece y que lo demás, si era sólo atrezzo, es mejor que se haya ido volando.

En ese momento, notas que había muchas cosas  y personas que creías que eran tus raíces y que ahora han salido corriendo y hay otras de las que no esperabas nada y en realidad eran más sólidas y permanecen.

A veces, la lluvia es un regalo para borrar máscaras y maquillajes absurdos.

Por momentos, te sujetas a ti mismo e intentas recordar cómo y por qué. Y entonces, te das cuenta. Nada es casual. Aquella tarde no venía de la nada. Ya hacía tiempo que tu cuerpo estaba sumergido en la rutina pero tu conciencia viajaba lejos. Saltabas charcos, buscabas respuestas, enfrentabas situaciones de las que antes huías  y eras capaz de mantener las miradas. Jugabas a salir de tus márgenes y pasar límites que antes considerabas sagrados…

Has atado cabos. Lo decían en los libros que ahora lees y antes no te atrevías a abrir. Lo sugiere esa melodía que tocaba un violinista en el metro y que habías oído mil veces pero sólo hace unos días empezaste a escuchar. Tocaba moverse y sacudirse la tristeza acumulada… Estabas dormido y clamabas despertar, nacer de nuevo, salir de ti mismo. Soñabas que un tobogán gigante te deslizaba al otro lado de tu vida absurda y vacía… Suplicabas una tormenta para que se llevara el decorado de tu vida…

Ahora todo tiene sentido. Un hecho se une al otro como una sucesión de farolillos en el cielo de una feria improvisada. Todo se ilumina. Todo se encadena y adquiere forma. Lo que no entendías es ahora obvio, lo que no podías creer es lo único, lo que imaginas cada día es lo que se va dibujando, poco a poco.

Como si el mundo girara y tú no encontraras un suspiro para apearte. Como si el miedo quisiera encogerte y el entusiasmo se empeñara el dejarte suelto, expandirte, ayudarte a volar.

A veces, todo cambia en un segundo tras siglos sin que nada se mueva.

El cuerpo tiembla y zarandea al alma… El corazón se acelera.

Cuando la vida te da vueltas muy rápido, sin parar, hay un punto en el que tú flotas, te paras, te ves… Como en el ojo del huracán… Y entonces, todo cobra forma y sentido. Y acabas llegando a la playa de un mar en el que nunca te has metido y buceando en una vida que parece que no es tuya.

No puedes decir que no, porque no te sale la voz. Da miedo, se nota, aquí en el estómago y en la garganta…

Aunque el susto es mejor que la rutina, mil veces.


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