24.9.18

Solo tenemos dos opciones: arriesgarnos o estancarnos.

EL MIEDO A DAR EL SALTO

El miedo existe como emoción porque nos es útil. Es una emoción que nos acompaña desde que nacemos para asegurar nuestra supervivencia en contextos reales.
Sin embargo, hoy no residimos en medio de un bosque junto con otros potenciales depredadores. En realidad, buena parte de los elementos que nos generan miedo en la actualidad no constituyen una amenaza o, al menos, una amenaza de la que podamos escapar corriendo. Hoy hablaremos de uno de estos miedos familiares: el miedo a dar el salto.

Como bien dice María Dolores Pérez en su estudio El miedo y sus trastornos en la infancia. Prevención e intervención educativa “el miedo es una respuesta normal ante peligros o amenazas reales, que puede convertirse en desadaptativo cuando ocurre en situaciones que han dejado de ser peligrosas, aunque lo hubieran sido en el pasado”.

Por lo tanto, el miedo se vuelve desadaptativo cuando, en lugar de “salvarnos” de una situación potencialmente peligrosa, nos bloquea en circunstancias en las que no hay nada que temer. Pensemos en quienes tienen miedo a hablar en público. ¿Está su vida en peligro? ¿Corren algún riesgo de morir? La verdad es que no, sin embargo, su cuerpo reacciona.

Cuando el miedo nos impide crecer


Es natural tener miedos desadaptativos como los ya mencionados. Aunque existen muchos otros como perder el dinero, a la pareja o el estatus social. Todos ellos, no son miedos que escondan una amenaza real o al menos una amenaza correlativa a la intensidad de la emoción que nos producen.
El miedo a dar el salto es uno de esos miedos que solo existen en nuestra mente y nunca llegan a hacerse realidad. Pero es tan incapacitante que provoca que en lugar de participar de la vida que queremos y, así crecer, nos estanquemos notando cómo nos vamos apagando a medida que pasa el tiempo.
El miedo a dar el salto en ocasiones está fuertemente influenciado por lo que nuestro entorno espera de nosotros. Imaginemos que lo que esperan los demás es que adquiramos una residencia fija, pero nunca lo hacemos porque en realidad lo que queremos es comprar una furgoneta y recorrer el mundo. Debido a esto, puede que estemos siempre sumergidos en la duda, con el pie levantado pero sin atrevernos a dar el paso.

Porque nadie puede saber por ti. Nadie puede crecer por ti. Nadie puede buscar por ti. Nadie puede hacer por ti lo que tú mismo debes hacer.
La existencia no admite representantes.
Jorge Bucay-
¿Vives tu vida o la que los demás han diseñado para ti?
En las consultas de psicología muchas veces los profesionales se encuentran con personas a las que les han ido marcando uno a uno todos los pasos que han dado. Estudiar una carrera determinada, encontrar una pareja y un trabajo estables, tener hijos… Pero ¿y si sus aspiraciones iban por otro lado?
Además, esto, en muchos casos, se produce de manera sutil. No es que nos digan “tienes que hacer esto”, sino que nosotros mismos nos vamos orientando hacia un lado u otro en función de cómo los demás nos miran.
Así, puede que deseemos emprender otros estudios o buscar un trabajo alternativo al que tenemos, sin embargo los demás nos admiran por lo que estudiamos o por la labor que hacemos en nuestro trabajo. Son estos los motivos que hacen de eco y los que mediatizan nuestra decisión.

Arriesgarse o estancarse

Frente al miedo a dar el salto, solo tenemos dos opciones: arriesgarnos o estancarnos. Si nos arriesgamos a salir del hogar de nuestros padres quizás ya no tengamos tanto contacto como antes. Si cambiamos de trabajo, tal vez, al final ese nuevo trabajo no nos guste.
No obstante, todo esto nos permitirá aprender y salir de nuestra zona de confort. En caso de no hacerlo rumiaremos constantemente sobre ese “y si…” tan doloroso y tan incapacitante que nos impedirá crecer, experimentar y, en definitiva, vivir. Pero como bien dijo Voltaire:
El que vive prudentemente, vive tristemente”.

La sensación de bloqueo no deja de ser más que una ilusión pues, en realidad, hay menos obstáculos de los que vemos. Esto no quiere decir que no tengamos limitaciones o problemas reales, pero siempre podemos adaptarlos para avanzar.
En caso de no intentarlo, la ansiedad empezará a estar cada vez más presente, haciendo que aumente la sensación de no tener ninguna dirección hacia la que dirigirnos. Aunque esto no sea cierto.

Raquel Lemos

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