EL CARISMA DEL MAL
Por qué normalizamos
la psicopatía en la cultura del éxito
Vivimos una era que ensalza el poder inmediato, la decisión
fulminante, el carisma implacable. En las series populares, en la política, en
el mundo corporativo, incluso en el deporte, aparece una figura cada vez más
habitual: el líder frío, imperturbable, dispuesto a pisar si es necesario para
llegar más alto. Esa figura no es nueva, pero lo que cambia es la valoración cultural que recibe.
Ya no es vista solo como un villano aislado, sino como alguien “eficaz”,
“necesario”, “modelo de éxito”.
La psicopatía, entendida como un conjunto de rasgos que incluyen encanto superficial, manipulación, falta de culpa y frialdad emocional, ya no es un problema exclusivamente psiquiátrico, al contrario, puede convertirse en una estrategia premiada en entornos donde el resultado rápido importa más que el proceso humano.
Los rasgos oscuros
del éxito
Los psicólogos hablan de la “tríada oscura” —narcisismo, maquiavelismo y psicopatía— como un conjunto de
rasgos interrelacionados que permiten, en ciertos contextos, ascender. Las
personas que presentan niveles moderados de estos rasgos pueden ser
encantadoras, seguras de sí mismas, agresivas en su ambición, insensibles
al estrés. En un
entorno corporativo o político que valoriza la rapidez, la firmeza, el riesgo
calculado y la ausencia de vacilación, esos rasgos parecen vender.
El problema aparece cuando ese “éxito” se construye sobre el
desgaste colectivo, la manipulación, la deriva ética. Un entorno donde la empatía se percibe como
debilidad es un caldo de cultivo para que estos rasgos se reproduzcan y se
conviertan en “lo que se espera de un buen líder”. El artículo presenta
ejemplos históricos como Bernie Madoff o Kenneth Lay que alcanzaron la cima gracias
a su carisma, frialdad y voluntad implacable, para luego destruirlo casi
todo. Así, lo que en otro momento se vería como “anómalo” o
“problemático”, empieza a verse como parte del paquete de habilidades del
liderazgo moderno.
El éxito como
coartada emocional
Durante décadas, la psicología ha descrito la psicopatía como un patrón
estable de personalidad caracterizado por el egocentrismo, la impulsividad, la manipulación, el encanto superficial y la
falta de remordimiento. Sin embargo, la mayoría de personas con estos rasgos no
son criminales ni violentas. Muchos de ellos se mueven con soltura en entornos
corporativos, mediáticos o políticos, donde su audacia y su aparente confianza
se traducen en ascensos, aplausos y poder.
En la cultura del rendimiento, la empatía puede parecer un
obstáculo, y la sensibilidad, una debilidad. Quien se muestra frío o
estratégico es visto como alguien capaz de tomar decisiones difíciles, mientras
que quien duda o se detiene a considerar el impacto humano corre el riesgo de
ser considerado blando o poco competitivo. Esa inversión de valores crea un
entorno donde el éxito se
convierte en la coartada perfecta para justificar la falta de humanidad.
La cultura del
resultado
En muchos entornos de alto rendimiento como en las grandes
empresas, la política o las finanzas, el énfasis está en los resultados inmediatos. Esa
urgencia favorece a quienes son capaces de actuar sin vacilación, sin detenerse
a sopesar como pueden estar afectando sus acciones a los demás, sin escuchar al
resto del equipo y sin mostrar dudas. Esa capacidad que en realidad se
encuentra relacionada con los rasgos psicopáticos de insensibilidad y
manipulación, se vuelve de esta forma, una habilidad adaptativa.
En entrevistas de trabajo o selección de altos cargos, la
“empatía” a menudo se descarta frente a la “seguridad”, “firmeza”, “visión”. El
aplomo se prefiere a la sensibilidad. Y cuando una cultura es así, los perfiles
que no encajan, aquellos que valoran la colaboración, la compasión o la
escucha, empiezan a estar fuera del círculo, considerados lentos, blandos,
ineficaces.
En este panorama, las organizaciones suelen obtener éxitos a
corto plazo, pero a largo plazo pueden sufrir crisis de moral, desgaste del
talento, fuga de personas que desean trabajar desde otro paradigma.
La psicopatía
funcional: el depredador elegante
La llamada psicopatía funcional describe
a individuos que, sin llegar a violar la ley, presentan una notable carencia de
empatía, un encanto superficial y una habilidad extraordinaria para manipular a
los demás con fines propios. No sienten remordimiento, pero saben simularlo; no
experimentan culpa, pero reconocen cuándo conviene mostrarla. Son los maestros
del disimulo moral: pueden parecer encantadores, inspiradores o incluso
compasivos, cuando en realidad solo están ajustando su conducta para obtener
poder, influencia o admiración.
Una cultura que
premia la insensibilidad
Nuestra época tiende a confundir la serenidad con la
frialdad, la firmeza con la dureza y el liderazgo con la dominación. El
discurso del “ganador”, aquel que no se detiene ante nada, que no se deja
afectar, que no pierde tiempo en emociones, se ha filtrado en los discursos empresariales,
motivacionales y hasta educativos. Se nos enseña a competir, no a cooperar; a
destacar, no a comprender; a resistir, no a compartir la carga.
Esta narrativa colectiva ha creado el escenario perfecto
para que los rasgos psicopáticos sean vistos como adaptativos. En un mundo
donde el trabajo exige disponibilidad constante y el éxito depende de la
visibilidad, la empatía y la vulnerabilidad parecen lujos emocionales. Pero la
consecuencia es clara: las
organizaciones se vuelven más frías, las relaciones más instrumentales y las
personas más solas.
Muchos líderes carismáticos logran inspirar precisamente
porque proyectan una imagen de control total. Su aplomo se confunde con
autoridad, su distancia con sabiduría, su indiferencia con estabilidad. Sin
embargo, la historia y la psicología muestran que detrás de ese encanto puede haber un vacío emocional profundo. El carisma
psicopático no busca construir, sino dominar; no busca comprender, sino
obtener obediencia.
Si los rasgos psicopáticos prosperan en nuestra cultura, es
porque el sistema los premia. Cambiarlo exige redefinir lo que entendemos por
éxito. El triunfo no debería medirse solo por la acumulación de dinero,
seguidores o influencia, sino por la calidad de las relaciones que se construyen,
por el impacto positivo que dejamos en los demás y por la integridad con la que
alcanzamos nuestras metas.
La verdadera eficacia no consiste en ganar rápido, sino
en sostener lo logrado sin
destruir a quienes nos rodean. El liderazgo más poderoso no es el del
que impone, sino el del que inspira sin necesidad de miedo.
https://www.psicoactiva.com/blog/el-carisma-del-mal-la-psicopatia-en-la-cultura-del-exito/

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