A
veces nos creemos muy valientes porque vamos por la vida plantando
cara a las adversidades y sacándole el aprendizaje a todo. Porque
cuando otros desisten, nosotros persistimos. Porque aportamos un poco
más cuando todo el mundo ya acaba y se va a casa… Porque
defendemos nuestras ideas cuando los demás bajan la cabeza… Porque
sabemos lo que queremos y parece que nada ni nadie nos arruga. Y eso
es genial, pero es al fin y cabo una lucha en círculo que topa
siempre con las mismas paredes.Tener que estar siempre
peleando por demostrar y por seguir. Estar siempre forzando la
máquina para salir del redil y no formar parte del rebaño pero sin
dejar el rebaño porque nos definimos a través de él intentando no
ser como él, jugando a las normas establecidas dentro de él…
Sintiéndonos juzgados por no pertenecer a él.
Una
vez me dijo una persona muy sabia que yo era una “cobarde muy
valiente” porque me peleaba con quien fuera por defender mis
valores, pero que al mero hecho de creer que tengo que defenderlos me
convertía en sumisa… Desde el momento en que casi pedía disculpas
por ser distinta y demostrar mi valor a pesar de mis diferencias ya
estaba diciéndole al mundo que me perdonara por no ser como debo,
por no responder a sus cánones y ya estaba pidiendo que me mirara
con otros ojos y suplicando clemencia… Estaba pidiendo
permiso para volver al redil.








