24.10.12

Fue un rito genial, una ingenuidad de crío, un original apaño, una locura de amor, una alianza que germinó en una negociación con la más pura ilusión.


DESEOS FUGACES: 

Anoche viajé hasta el cielo...


Anoche viajé hacia el cielo. Anoche huí de las angustiantes realidades y me invité a rebuscar en la magia del cosmos aquella ilusión que una vez supo acariciar mis deseos con tanta ternura. Anoche fui a visitarte al país de los velados secretos y quise volver a declararme, y quise volver a requerir tu amor...

Anoche cogí mi coche y me subí al monte. En la cima hallé un centenario pino y en su regazo me senté. Posado en tan hermosa tarima escudriñé el horizonte y quise recuperar aquella maravillosa vivencia que no hacía mucho el destino me había regalado para mi diario. Un pedazo de cielo emergía ante mí como un señuelo, tratando de capturar mi atención con la divina presencia de miles de estrellas.

Cual bellas infantas reposaban en la fina cuna de la templada oscuridad mientras su mamá, la reina luna, iba tarareando su canción, la azucarada nana que peina los sueños. En verdad eran tantas y tan colosal era el chal que arropaba los vacíos que las separaban que mis empeños no sabían adónde dirigir mi mirada. Baldíos fueron mis inaugurales intentos: las luces que mi alma buscaba eran esquivas y en mis tentativas no hallaba aquellos originales cruces que tan asombrosamente solían quebrar la etérea calma del universo.

Converso de una férrea esperanza en mi mente bullían las evocaciones que invitan a la paciencia a disfrazar la tardanza con preciosas expectaciones... En un paseo rural encontré una vez la paz, lejos del mundanal jolgorio maté mi prudencia y al aire lancé mi deseo de amor. En pos de una estrella fugaz se elevaron como diosas mis odas. Más clara, más bella, la luna brilla... Y se respira mejor...Y en el donaire me sentí Don Juan Tenorio, en el sentir fui Romeo y en mi rara pretensión Don Quijote.

La tuna de mis suspiros coreó las bodas de una pilla pasión con la secreta complicidad del infinito. Y sentí otra vez aquel emocionante azote: de sus retiros volvieron con extraño brío y apasionante sensualidad aquellos sentidos que tanto llevaban dormidos. Fue un rito genial, una ingenuidad de crío, un original apaño, una locura de amor, una alianza que germinó en una negociación con la más pura ilusión. Y se respira mejor... Y, quien lo vivió te lo jura, se respiraba mejor.

Porque se produjo una hechicera y eufórica danza, una campechana pantomima que aunaba el poder de la sincera y plana retórica con un querer que con sus tenaces deseos mima sus fantasías. Y esperando aquellos fugaces paseos se respiraba, se sentía, se olía, se amaba, se miraba y se escuchaba mucho mejor... Como en las mejores poesías todas mis sensaciones rimaban sus oraciones con los alientos mentores de los latidos de mi corazón.

Con todos mis pensamientos sumergidos en la recordación de tan serena experiencia mi atención olvidaba el motivo de mi presencia en aquel lugar. Sentado bajo aquel altivo pino, mi pena aspiraba a volver a practicar aquel celestino tanteo con el espacio que una vez resucitó su contento. Reacio era mi ateo hado a reponer en la enlutada tez celestial la más prodigiosa travesía. Mas atento en el umbral de la espera confiada yo seguía, pues yo sabía que en mi gloriosa historia la caprichosa probabilidad jamás olvidó parar la noria de las oportunidades para ofrecerme la mía. Y tampoco en esta ocasión me falló… Quiso la bondad de mi sino pagar mis ingenuidades con la irradiación de un peregrino foco de los anhelos.

Guía su visión los vuelos de las platónicas demandas y en la oscuridad sus itinerarios se dibujan como radiantes bandas que nos empujan a su conquista. Primero fue una. Mi vista la cazó y mis pensantes odas quedaron afónicas: "Qué me ame, qué me ame, qué me ame, qué me ame...". Después fue otra. Y finalmente pasaron algunas más.

Todas escribieron en sus diarios mis imposibles deseos. Todas partieron hacia el más allá. Se hicieron visibles por unos instantes y en sus paseos escucharon mis pensantes palabras: "Qué me ame, qué me ame, qué me ame, qué me ame... qué me ames...". Luego marché. Seguramente mi ruego se perdió en el espacio, cayó en el vacío de algún agujero interestelar. Aunque, si te soy sincero, sigo siendo reacio a creer que tan sentido experimento fuera tan sólo el gaje de un encanto lunar.

Y sigo esperando, sigo aguardando que un día, con el canto de un pajarillo, con el silbido del viento o con el brillo del rocío aquel engranaje que con mis peticiones arranqué consiga que abras tu corazón para hacerte llegar lo que nunca te conté. Mi razón ahoga mis esperanzas, pero mi enamorada esencia aboga que tales andanzas, sean pasto de la nada o sirvan para el secuestro de tu presencia, hermosean el vasto suelo de mis emociones... Tales romanzas nimban el cabestro que guía el vuelo de mi más preciada pasión.

Anoche viajé hacia el cielo. Anoche cogí el coche y fui a buscarte. Sabía que no iba a encontrarte pero marché tranquilo. Iba a recrear aquello que en el pasado endulzó un muy bello recuerdo. Iba a buscar la paz que con el sustento de la fe se consigue. Iba a conciliarme con la armónica felicidad que las perfectas fantasías conllevan. Y Dios sabe que lo conseguí. Porque anoche me sentí bien, fantásticamente bien. Anoche, mi esquiva estrella fugaz, fui feliz.

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