24.10.13

Un sueño (tu barco), cuyo peso es tan elevado y no crees digno de flotar y surcar los mares de la realidad, también puede hacerlo.

EL “EMPUJE” MÁGICO

 “Lo que flota está llamado a navegar”. ¿Fácil no? Pues no le fue tan sencillo a la humanidad comprender este principio que acabo de “elucubrar”. Si flota puede viajar, si viaja llegará a algún lugar. Ocurre tanto para las cosas como para lo intangible. Si hablamos del mar de los deseos, anhelos o sueños sucede igual. Sólo debe cumplirse un requisito para que este principio llegue a buen término: el empuje.

En el mundo físico se tardaron miles de años para comprender que lo que aparentemente no tenía la cualidad de flotar era capaz de hacerlo. De hecho, siempre había podido “sostenerse” sobre el agua. Desde el mismísimo principio de los tiempos. En seguida lo explico…
La historia nos ahonda en sus profundidades hasta 100.000 años atrás para mostrarnos al hombre cumpliendo su sueño de transportarse por el agua. En aquel tiempo “un tronco deliberadamente tallado” le permitió hacerlo. Desde entonces hasta hace apenas 200 años las embarcaciones surcaron los mares con este material de origen vegetal. Creían que únicamente la madera había recibido el “regalo” de ser considerada como elemento con la cualidad de flotar. Así lo pensaron durante siglos y siglos. Era mentira, como tantas otras “cosas” de la historia. La cualidad que habilita la flotación no está nunca en el material.

Fue en 1821 cuando el primer barco con casco de metal a vapor surcó los mares. Para los “habitantes” del siglo XV hubiera sido impensable, incluso digno de brujería. Ese barco llevaba por nombre “Aaron Manby” y pesaba 120 toneladas. Pareció increíble para la gente de ese tiempo que el metal en tanta cantidad y peso pudiera flotar, pero ocurrió, como tantas otras “cosas” impensables hasta que ocurren. Tuvieron que pasar casi 98.000 años desde que se “navegó” con un tronco de madera hasta que se desmitificara que el metal era muy pesado para flotar.

La ley que explicaba todo existía desde mucho tiempo atrás. Durante la Edad Media, en esa etapa tan vanagloriada y tan atroz para casi todo, nadie la aplicó. Ese tiempo atrás en la fundación de la ley nos lleva a su creador, Arquímedes, quien en el 200 A. C. estableció la ‘Ley de Flotación’. La norma, simplificada, explica que “un cuerpo total o parcialmente sumergido en un fluido en reposo, recibe un “empuje” (palabra clave) de abajo hacia arriba igual al peso del volumen del fluido que desaloja”.

Ese principio no se comprobó para el hierro hasta 1821 en el emblemático barco de vapor. El pesado metal era digno de la magia de la flotación, aun siendo considerado durante milenios un elemento incapaz de ello. El secreto no estaba en el metal, sino en una fuerza desvelada por Arquímedes: el “empuje”.


Si regresamos al mar de los deseos y anhelos, ocurre lo mismo. Un sueño (tu barco), cuyo peso es tan elevado como para pensar que no es digno de flotar y surcar los mares de la realidad, también puede hacerlo. Flotar no es una cualidad de ese deseo, sino del líquido (tiempo, espacio y lugar) en el que se instale. Su flotación vendrá determinada por el “empuje”, la capacidad que tenga de desalojar ese líquido para salir a flote. 

Nunca un sueño (por duro y pesado como el hierro que parezca) es capaz o no de salir a la superficie. Esa no es su cualidad. Es el “empeño” o “empuje” el capaz de hacerlo viajar. Tus sueños flotan si induces al líquido (tiempo, espacio y lugar) a realizar el empuje necesario.

Bienvenido a bordo.


El “empuje” mágico es la corriente de palabras que crea Miguel Ángel Blanco Martínez,




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