22.9.14

En un latir ininterrumpido la vida canta su mantra más sutilmente sonoro: Tomar y soltar

LA VIDA DUELE: TOMAR Y SOLTAR

Al elegir un camino de amor nos hacemos candidatos al dolor. Cuando esto sucede, debemos abrirnos y aceptar la posibilidad de que en algún momento, algún día, quizá el amor nos duela; con el amor enriquecemos nuestra vida, la ampliamos, ganamos, pero en algún momento se retraerá de nuevo y perderemos. Todo tiene un límite, y algún día perderemos a la pareja y vendrá el dolor: con la muerte, con el divorcio, con el desencuentro… Sin apertura al dolor, no hay pareja, ni intimidad, ni vínculos significativos.

Cuando se produce una ruptura amorosa, lo más habitual es que se pongan en marcha muchas emociones y vivencias, algunas agradables, como liberación, sensación de esperanza o apertura, pero otras incómodas, como miedo, desestructuración, culpa, enojo, vergüenza, sensación de fracaso o pena. La mayor parte las consideramos negativas porque son difíciles de vivir y acoger, pero resultan imprescindibles para completar el proceso y salir fortalecidos.

En el fondo, la más habitual y dura es el simple dolor por haber perdido al otro. Incluso en los casos en que se siente una gran liberación por salir de una situación insatisfactoria, si hubo una genuina conexión, tarde o temprano asoma el rostro del dolor por dejar lo conocido, lo que se amó, y la incertidumbre y el temor por enfrentarse a algo nuevo, más aún si la pareja tiene hijos y se derrumba su status quo cotidiano.


La vivencia del dolor es un ingrediente necesario para completar con éxito el proceso y llegar a ser capaz de crear un futuro. Una simple mirada nos enseña que en el vivir todo es ruptura y metamorfosis, que todas las pérdidas empiezan ahora, enmarcadas en lo que tenemos, en aquello que hemos construido y ganado en nuestra vida. Constantemente estamos despidiendo algo del pasado y abriendo paso a algo del futuro. 

Despedimos el acogedor vientre materno para salir a la luz de la vida; al llegar a la adolescencia, dejamos atrás al niño que fuimos y el entorno protector de los padres; dejamos al joven impetuoso para adquirir compromisos y responsabilidades en la vida, para ser padres quizá, para ganarnos el sustento, para cuidar nuestro entorno y ser laboriosos; al declinar nuestra vida, gozamos de mayor libertad y desapego y volvemos a sentir con fuerza la conexión con lo esencial; y al final de un largo camino nos enfrentamos al tránsito definitivo de perder la vida.
De manera que vivir nos obliga al ejercicio constante de saber abrir y saber cerrar, empezar y terminar, expandir y contraer, ganar y perder, ampliar y reducir, amar y sufrir. Es el gran juego del alma, que también tiene lugar en nuestro cuerpo: a cada inspiración en que tomamos el aliento necesario, la sigue la espiración en la que nos despedimos del viejo oxígeno que ya ha cumplido su función; a cada sístole le sigue su diástole, en un latir ininterrumpido en que la vida canta su mantra más sutilmente sonoro: tomar y soltar, tomar y soltar, tomar y soltar.

Al final, incluso soltar nuestra propia vida. Es feliz y exitoso aquel que sabe ponerse en sintonía con las dos fuerzas de la vida: la de expansión y la de retracción, la del ganar y la del perder. En toda vida encontramos pérdida y desamor, pero también la dicha de la unión, el vínculo y el amor que los precedieron. 

Abrirse al amor en la pareja también significa hacerse candidatos al dolor. Abrimos nuestro corazón cuando podemos asumir y estar de acuerdo con que tal vez nos dolerá. De hecho, en el amor esperamos que el otro nos tratará bien, cumplirá sus compromisos y deseará nuestra dicha, pero también debemos saber que no somos niños indefensos y que nos hacemos más grandes y sabios cuando aprendemos que el otro, a pesar del amor y de la confianza, también puede errar y nos puede traicionar, y que la verdadera confianza asiente ante esta posibilidad y sus consecuencias en lugar de invertir en férreos e indignos controles. Si al fin deviene la traición, el desamor o la ruptura inesperada, se pone a prueba nuestra estima, que consiste en saber que podremos con ello, que lo superaremos, fortalecidos y con el corazón abierto, y que estamos preparados para afrontar los retos emocionales que se nos presenten en el trayecto que ha de conducirnos hacia nuevos y felices vínculos. Además, cuando hemos sido heridos, ya no tiene sentido seguir protegiéndose. 

Nuestra capacidad de valorarnos a nosotros mismos, de seguir queriéndonos, se pone a prueba cuando vivimos el fracaso de una relación o nuestra pareja nos dice que no quiere continuar viviendo con nosotros o deja de elegirnos. Ahí aparecen todos los fantasmas: que ya no servimos, que no encontraremos otra pareja nunca más, que nadie nos va a querer, que moriremos, etc. En esos momentos ayuda saber que tenemos un valor, independientemente de que el otro nos valore o no; que tenemos valor para otras personas por nosotros mismos, por el solo hecho de existir. Y, sobre todo, saber que conservamos intacta nuestra capacidad de amar y que, con el tiempo, esa capacidad encontrará un nuevo cauce en otra u otras personas. 

“El Buen amor en la pareja” por Joan Garriga 
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KHALIL GIBRAN  “LA PAREJA”

Nacisteis juntos y juntos permaneceréis para siempre.
Aunque las blancas alas de la muerte dispersen vuestros días.
Juntos estaréis en la memoria silenciosa de Dios.
Mas dejad que en vuestra unión crezcan los espacios.
Y dejad que los vientos del cielo dancen entre vosotros.
Amaos uno a otro, mas no hagáis del amor una prisión.
Mejor es que sea un mar que se meza entre las orillas de vuestra alma.
Llenaos mutuamente las copas, pero no bebáis sólo en una.
Compartid vuestro pan, mas no comáis de la misma hogaza.
Cantad y bailad juntos, alegraos, pero
que cada uno de vosotros conserve la soledad para retirarse a ella a veces.
Hasta las cuerdas de un laúd están separadas, aunque vibren con la misma música.
Ofreced vuestro corazón, pero no para que se adueñen de él.
Porque sólo la mano de la Vida puede contener vuestros corazones.
Y permaneced juntos, más no demasiado juntos:
Porque los pilares sostienen el templo, pero están separados.
Y ni el roble ni el ciprés crecen el uno a la sombra del otro.


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