2.11.18

Permítete un momento de paz y verás como absolutamente todo es distinto


PERDÓNATE

Todo tiene que ser perfecto siempre.

Todo tiene que estar listo a la hora indicada. No puede fallar nada. Todo tiene que parecer lo que es y ser lo que parece. Si algo al final no es correcto o cómo crees que debería, que no sea por ti. Porque tú tienes que ser intachable. Estar preparado para pasar la prueba del algodón cada día, cada minuto, cada segundo… Sea de noche o de día. Tras una larga jornada de trabajo duro, llegando a casa, cuando no puedes con tu alma y te arrastras haciendo lo que siempre has pensado que debes… Incluso entonces, te miras al espejo y ves tu maquillaje corrido dibujando unas ojeras enormes bajo tus ojos y te regañas porque no estás perfecta… Te culpas porque no te amas suficiente como para perdonarte por no estar impecable. Te sientas en el sofá y te susurras cosas terribles porque te permites un respiro.

Incluso después de haber llegado a la luna, levantado una empresa solo, solucionado un conflicto importante y dedicado todo tu día a otras personas a las que amas, llegas a casa y piensas en todo lo que te falta todavía. Te enfadas contigo y te reprochas. Te llamas vago, inútil, fracasada, te miras y no te ves porque sólo ves tus fallos (algún día descubrirás que no lo son porque en realidad son la forma en que la vida te dice que puedes permitirte no ser esa versión rígida y estudiada que tienes de ti y que te está llevando al profundo foso del desamor contigo mismo). Incluso cuando ya se te ha desdibujado la cara de tanto llevar una sonrisa puesta para satisfacer a otros y negarte el llanto necesario para soltar y dejar de medir y evaluar y buscar resultados…


Incluso cuando te has perdido el descanso y actúas con el piloto automático para no faltar a tus citas con la exigencia propia y ajena, cuando caminas por inercia para no defraudar ni dejar de demostrar un minuto que vales, que mereces, que aportas… Incluso entonces, cuando has echado el resto buscando la perfección imposible y (lo siento, voy a decirlo) totalmente indeseable, eres incapaz de darte una pequeña tregua y decirte que ya basta, sentarte a sentir y tomarte un respiro sabio que te dará una perspectiva distinta y te permitirá ver que no es necesario morir para demostrar que mereces la vida…. 

Que no hace falta irse dejando la vida por el camino para que otros, incluido tú, acepten que ya has llegado a ese punto de tu existencia en el que no necesitas demostrar nada…
Que todo lo que el mundo te exige en demasía no es más que tu propia mirada sobre ti, una mirada cruel, severa, que juzga sin medida y busca penetrar en ese dolor tan antiguo y guardado donde todo se vuelve oscuro y triste. Eres tú quién se pide tanto que no se deja nada… Y los demás son simples comparsas en este juego terrible de lanzar el dardo a ver quién toca directo al corazón.

Eres tan exigente que incluso te pides el máximo cuando te clavas muy dentro el aguijón lleno de veneno que tienes reservado para ti, que incluso cuando te insultas y degradas vas tan en serio que nunca fallas… Que incluso cuando te culpas, lo haces perfecto y calas hasta los huesos… Te has convertido en una máquina eficaz de engendrarte culpa y desasosiego. Y cuando intentas dejar de culparte, te culpas todavía más por no ser capaz de hacerlo ahora y hacerlo perfecto.

En tu mundo completamente abocado a resultados imposibles sólo falla algo, tú. Lo que pasa es que justo es esa la parte preciosa que merece la pena y lo impregna todo de una belleza inconmensurable, imposible de capturar, imposible de medir… Lo que tú eres es tan grande que no cabe en un simple molde perfecto y necesita toda la libertad del mundo para manifestarse… 

Lo que pasa es que no eres libre porque tú mismo te esclavizas. Te impones una marca, un tiempo, una etiqueta, un certificado, un diploma, un título, un mote ridículo, un archivo, una categoría… Y te ciñes, te esperas en la esquina para saldarte cuentas y te enfadas, te riñes, te reprochas, te azotas, te insultas, te juzgas…

No importa lo que has conseguido hoy ni nunca, eso no cambia tu valor ni tu capacidad de merecerlo todo.

Suelta esa culpa insoportable por lo que no tienes o no consigues y ama cada milímetro de tu imperfección maravillosa y necesaria… 

Si vas a hablarte, hazlo como lo harías a tu mejor amigo o amiga si viniera a ti contándote tu historia. Usa tanta compasión como sea posible en tu infinita capacidad todavía mermada de ver tu grandeza y busca lo hermoso. Está ahí, esperando a que lo veas. Está ahí buscando asiento en tu vida donde tienes todos los asientos ocupados por reproches, exigencias y personas que colaboran activa y eficazmente contigo en esto de tratarte mal y pedirte demasiado…

Suelta esa necesidad de cuadrar caja y vuelta un rato.

Suelta ese miedo al error y te darás cuenta que todas y cada una de tus equivocaciones en realidad son aciertos.

Suelta esa vergüenza que sientes de ti mismo y la angustia acumulada por no llegar nunca a una meta que en realidad no importa.

Permítete un momento de paz y verás como todo, absolutamente todo, es distinto.

Suelta esa libreta llena de listas, retos y tareas pendientes un rato y mira lo que ya eres porque lo que realmente necesitas para seguir está ya en ti y no lo ves… Porque sólo buscas resultados tangibles y sobrevives a base de cafés para no parar y sentir el dolor que acumulas.

Perdona a tu yo imperfecto por no llegar a la altura de ese listón absurdo que te impones… Perdona a tu yo exigente por haberle puesto ese listón obscenamente insoportable. 

Perdona tus miedos y da las gracias por ellos porque están indicándote el camino que debes seguir y no esquivar.

Perdónate por haberte hecho daño hasta ahora intentando ser algo que, sin duda, se quedaba corto ante lo que realmente eres porque tu esencia siempre ha sido perfecta y es imposible que deje de serlo.

Perdónate por haber creído que ser humilde es no amarse suficiente y descubrir ahora que para ello es imprescindible reconocer la propia grandeza y la grandeza ajena.

Y perdóname a mí por todo esto que te cuento porque lo hago desde ese yo que se ha roto la vida haciendo lo mismo y te miro y pienso que eres tan maravilloso que no quiero que te rompas igual que yo…

Aunque respeto tanto tu libertad que sólo te invito… Mientas busco la forma de soltar y caminar sin culpa. Mientas suelto mi dolor acumulado usando estas palabras con la esperanza de que sirvan y bajemos todos un poco de la noria en que nos hemos subido sin darnos cuenta…

Yo también me exijo demasiado, no estás sola, no estás solo… Puedes soltar eso y seguir. Puedes parar ahora y decidir que no vuelves a ponerte en marcha hasta que no te hayas encontrado. Puedes escoger dejar de pedirte tanto, hasta que no te hayas perdonado.

Perdónate ahora.

Mercè Roura

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