21.12.18

Está mal visto quien se sale del rebaño porque no quiere seguir siendo borrego

EL MIEDO AL PASO DEL TIEMPO
¿Se pierde el tiempo cuando uno cree que pierde el tiempo? ¿Dónde va el tiempo perdido? ¿Se puede recuperar el tiempo perdido? ¿Realmente se puede perder el tiempo?

Estas preguntas y alguna más se las han hecho desde los orígenes de los tiempos los seres humanos, quizá por el valor propio del tiempo y porque es algo que una vez pasa ya no vuelve y eso nos produce miedo.

En este último viaje, aproveché para compartir tiempo con mi amiga la naturaleza, estaba yo relajado y pensativo como preparación para unos momentos meditativos y observé que tenía delante de mí una frondosa vegetación que se abría paso tras las últimas lluvias, antes de deslizarse hacia el arroyo protegido por zarzales. Ráfagas de viento mecían la hierba y las nubes, en lo alto, se desplazaban muy lentamente.

Entonces me di cuenta que todo pasaba a mí alrededor, en un triple sentido: transcurría a mí alrededor, se iba moviendo en el plano espacial y también sucedía en el plano temporal.


Entonces me vino a la mente un pensamiento ¿Y si yo me estuviera quieto? Si consiguiera estarme quieto, realmente quieto, horas y horas, incluso días y días, constataría que todo a mi alrededor era cambio, movimiento constante, que nada permanece, que nada se detiene, que todo está en un continuo movimiento.

Años practicando la meditación no me habían aportado tanto conocimiento, como ese instante en medio de la naturaleza compartiendo meditación con ella, me dieron la experiencia personal que mi mente aún no había alcanzado.

Todo pasa. Esto es un hecho que no nos cuesta admitir. Desde el clásico “tempus fugit” –el tiempo vuela– acuñado por Virgilio hasta las más contemporáneas secuelas del estrés, el ser humano ha tenido múltiples ocasiones de comprobar cómo transcurre el tiempo. Incluso se percibe que lo hace con ferocidad cuando a ese proceso neutro le añadimos el temor a la enfermedad y, en última instancia, a la muerte. Estoy convencido que si no tuviéramos ese miedo atávico a la muerte nuestra percepción del transcurso del tiempo sería otra, mucho más matizada, motivadora y alentadora de nuestra felicidad.

Pero nuestros esquemas mentales, han sido entrenados durante milenios en rivalidades y enfrentamientos, haciéndonos creer que hay que competir contra los demás para obtener lo que precisamos para nuestra vida. Y por imposición, nos hemos dedicado a competir contra algo impreciso para sentir que aprovechamos la vida. No lo nombramos y habitualmente ni siquiera lo procesamos mentalmente, pero en el trasfondo está esa sensación de aniquilación, de desaparición, que impregna los poros de nuestro ser, al menos en nuestro entorno occidental.

Siglos de religiones salvadoras no han conseguido disipar este temor, no han conseguido que la fe pase de los catecismos a las células y neuronas de cada ser humano.

El paso del tiempo, nos produce no solo miedo, también nos deja con ansiedad, incertidumbre, preocupación y con unas expectativas que no sabemos si las podremos cumplir.

Por eso nos aterra el paso del tiempo. Y probablemente por eso es por lo que nos aterra otra circunstancia tan mal vista socialmente: perder el tiempo. 

No hace falta recurrir a la cita de ejemplos para reconocer que nuestra sociedad ha sido muy hábil a la hora de forjar un estigma contra las personas que pierden el tiempo. En este saco tendrían cabida los haraganes, los gandules, los vagos, los lentos y otros ejemplares salidos con defectos de la fábrica de la competitividad. Lo cierto es que las más denostadas y criticadas, (y en muchos casos envidiadas) son las personas que a propósito toman la decisión consciente de salirse momentáneamente del río del tiempo por el que deben según la mayoría, transitar.

No importa como sean las barcas en las que bajamos por este río de la vida, ni su tamaño, ni el material del que estén hechas, lo que verdaderamente importa e irrita al resto de los navegantes, es que alguien, a pesar de haber sido dotado de una barca discretamente normal, apta para competir en velocidad con las demás, decida abandonar la carrera y recalar en la orilla, en tierra firme, simplemente para observar descansadamente cómo los demás surcan con esfuerzo la corriente.

Está mal visto, aquel que valientemente, se sale del rebaño porque no quiere seguir siendo borrego y no hacer lo que hacen todos. De tal forma que para encontrar un espacio de aceptación social, como consecuencia de su valentía y rareza algunas de estas personas han tenido que ir construyendo a su alrededor cierto espacio de tolerancia, comprensión e incluso a veces de simpatía.

En la literatura clásica podemos ver expresiones del tipo: “FESTINA LENTE”, cuyo significado es……. apresúrate despacio. Aquí, con un gusto más típico, hemos acuñado el refrán “VÍSTEME DESPACIO, QUE TENGO PRISA”.

Pero esto solo se refiere a que la excesiva premura en la realización de una tarea puede poner en riesgo la propia tarea. Y con ello lo que se sigue ensalzando es la realización de la actividad, la eficiencia en su desempeño, sin pérdidas innecesarias de tiempo. Por eso se trata de mensajes que están basados aún en el paradigma que nos lleva a aumentar cada día un poco más la velocidad de nuestras vidas.

Debemos tomar conciencia, que «PERDER EL TIEMPO», cuando es una conducta consciente, es una sencilla estrategia con un poderoso efecto de interiorización nos permite llegar a nuestro propio centro y permanecer en él.

Con la serena quietud que nos da el centro de nuestro auténtico ser, donde estamos a salvo de la ilusión del tiempo, y de las contrariedades de los acontecimientos. Lo que nos permite sentirnos uno con todo lo creado. 

Perdiendo el tiempo se pierde el concepto limitante del tiempo y se gana la llave que da acceso al maravilloso santuario que se esconde en nuestro interior. Dicen que quien consigue traspasar esa puerta encuentra, al otro lado, la comprensión de todo lo creado.


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